La adolescencia llegó con su torbellino de cambios: voces que se quebraban, inseguridades nuevas, preguntas sin respuesta. Y entre todo eso, el vínculo entre Pablo y Martín comenzó a transformarse de manera silenciosa, casi imperceptible.
En clase, Pablo notaba que Martín lo miraba de reojo cuando pensaba que nadie más lo hacía. Martín, por su parte, sentía que el corazón se le aceleraba cada vez que Pablo sonreía por algún comentario tonto que solo él entendía.
Un día, mientras estudiaban juntos en la habitación de Martín, un silencio extraño se instaló entre ellos. No era incómodo, pero estaba cargado de algo que ninguno lograba definir.
—¿Qué mirás? —preguntó Martín, intentando sonar casual.
—Nada… —respondió Pablo, aunque era evidente que no era cierto.
Martín sostuvo la mirada unos segundos más, como si estuviera a punto de decir algo importante, pero se arrepintió.
Pablo desvió la vista a su cuaderno, sintiendo un calor inexplicable en las mejillas.
Esa noche, ambos se fueron a dormir preguntándose lo mismo:
*¿Qué me pasa cuando estoy con él?
