Escribo estas líneas no porque quiera, sino porque ya no me queda más silencio. Me llamo Norma, trabajé más de treinta años, aporté cada mes con la ilusión de que, al llegar a esta etapa, la vida me daría un respiro. Pero hoy, el único respiro que tengo es el que tomo antes de mirar el ticket del supermercado.
Estoy enojada. Y tengo derecho a estarlo.
No es justo que después de una vida de esfuerzo, mi mayor preocupación sea elegir entre comprar el remedio para la presión o pagar la boleta de la luz. No es vida andar contando los billetes en la caja, sintiendo vergüenza porque tengo que devolver un paquete de fideos porque "no llego".
- La plata no alcanza: Los aumentos son de escaleras y los precios van por ascensor.
- La dignidad no se negocia: No quiero que me regalen nada, quiero lo que me corresponde por derecho.
- El olvido duele: Siento que para el sistema somos números que sobran, pero somos personas con hambre, con frío y con mucha memoria.
Me cansé de que me digan que "hay que aguantar". ¿Cuánto más? Ya no llego a fin de mes; de hecho, el mes se me termina a los diez días de cobrar. Ser jubilada no debería ser sinónimo de ser invisible.
Espero que estas palabras sirvan para que alguien, del otro lado, entienda que detrás de la palabra "ajuste" estamos nosotros, los que ya no tenemos más margen para ajustar.
Norma.
