La tensión acumulada terminó explotando un día por algo insignificante: un comentario mal interpretado, un gesto torpe, un silencio que el otro leyó como indiferencia.
—Si estás molesto, decímelo —dijo Martín con frustración.
—No estoy molesto —respondió Pablo, aunque era evidente que sí lo estaba.
—Siempre decís lo mismo. Últimamente no sé qué te pasa.
—Quizás ese es el problema: no entendés nada.
Las palabras golpearon más fuerte de lo que Pablo pensó. Martín se quedó quieto, herido.
—Si querés distancia —dijo Martín con voz baja—, la tenés.
Y se fue.
Pasaron días sin hablarse. Días que se sintieron años.
Pablo no podía concentrarse en nada. Martín caminaba sin rumbo después de clases.
La ausencia del otro pesaba como una piedra en el pecho.
Fue entonces cuando ambos comprendieron que lo que los unía no era solo costumbre. Era necesidad. Era un tipo de amor que aún no se atrevían a aceptar.
