La cita era en la esquina de siempre, bajo el reloj de la estación que hace años no marcaba la hora. Julián llegó primero, con la mochila cargada de volantes y el aerosol gastado asomando por el bolsillo de la campera. A los pocos minutos apareció Mateo, pedaleando una bicicleta que chillaba en cada vuelta de cadena.
—Llegás tarde, "Cuervo" —bromeó Julián, extendiéndole un termo de mate ya lavado. —Es que me cruzó el tren y me quedé pensando en la logística —respondió Mateo con una sonrisa ladeada—. Hoy el barrio tiene que amanecer pintado. Si no lo hacemos nosotros, no lo hace nadie.
No eran solo dos chicos de veinte años. Eran el eslabón de una cadena larga, una que venía de los abuelos que lloraron en el 55 y de los padres que resistieron en los 90. Para ellos, defender la Patria no era un eslogan de campaña; era evitar que cerraran el centro cultural del barrio y lograr que el asfalto llegara, por fin, a las últimas cuadras del fondo.
Esa noche, el frío de agosto calaba los huesos. Caminaron las calles de tierra esquivando los charcos que reflejaban las luces amarillas de los postes. Mientras Julián sostenía el esténcil, Mateo agitaba la pintura.
—¿Vos creés que sirve de algo, Juli? —preguntó Mateo mientras el spray siseaba contra el ladrillo visto. —Sirve porque nos ven —respondió Julián sin dudar—. Sirve porque mañana la doña que va a comprar el pan va a ver que no está sola, que hay pibes que todavía creen que el otro importa. La Patria es el de al lado, Mateo.
De pronto, las sirenas. Una patrulla dobló la esquina con las luces apagadas, intentando sorprenderlos. Sin mediar palabra, los dos salieron disparados por los pasillos de la villa. El corazón les latía en la garganta, un tambor desbocado que marcaba el ritmo de la huida. Se escondieron tras una hilera de tanques de agua, conteniendo la respiración hasta que el silencio volvió a reinar.
Cuando el sol empezó a teñir de rosa el cielo del conurbano, los dos amigos estaban sentados en el cordón de la vereda, con las manos manchadas de azul y negro. Estaban cansados, pero tenían esa paz que solo da el deber cumplido.
—Che, ¿sabés qué leí el otro día? —dijo Mateo, limpiándose los dedos con un trapo—. Que la política es el arte de lo posible. Julián se rió y le dio el último mate, ya frío. —No, hermano. Para nosotros, la política es el arte de hacer posible lo necesario.
Se levantaron y caminaron hacia la parada del colectivo. Sabían que la lucha era larga y que el camino estaba lleno de baches, pero mientras caminaran juntos, la Patria estaba a salvo.
