Atorranta | Capítulo 5: Cicatrices de Maquillaje
Logró salir del aguantadero de Marcos con una excusa barata sobre un mensaje de su hermano, aprovechando que uno de los pibes se distrajo con una pelea de pool. Caminó seis cuadras por calles oscuras hasta que encontró un remís. El miedo todavía le subía por la garganta, pero cuando llegó a la puerta de su casa, se puso la máscara de nuevo.
La casa estaba a oscuras, excepto por la luz de la televisión del living. El olor a sahumerio barato y comida recalentada la recibió como una bofetada.
—¿Sos vos, Lucía? —preguntó una voz arrastrada desde el sillón.
—No, mamá, es el fantasma de la Navidad —respondió Lucía, pasando de largo hacia la cocina para tomar agua.
Su madre, Elena, estaba envuelta en una manta, con una copa de vino a medio terminar sobre la mesa ratona. Hacía años que Elena vivía en una especie de nebulosa desde que el padre de Lucía se había ido "a probar suerte" a otra provincia para no volver nunca más.
—Me llamaron del colegio de nuevo —dijo Elena, sin mirarla—. La Directora. Dice que estás por quedar libre. ¿No podés ser una chica normal por un solo día?
Lucía dejó el vaso con fuerza sobre la mesada.
—¿Normal como quién, mamá? ¿Como vos, que no sabés ni en qué año estoy? ¿O normal como el tipo que nos dejó de garpe hace cinco años?
—No me hables así... yo hago lo que puedo.
—Hacés lo que te sale, que no es lo mismo.
El Refugio de la Memoria
Lucía subió a su pieza y cerró la puerta con llave. Se sentó frente al espejo y empezó a sacarse el maquillaje con movimientos bruscos. Debajo del rímel corrido y el labial rojo, apareció una cara mucho más joven, casi de nena, con ojeras profundas.
Abrió el cajón de su mesa de luz y sacó una caja de zapatillas vieja. Adentro no había zapatos, sino recuerdos: un dibujo que le había hecho su papá cuando ella tenía siete años, un encendedor que no funcionaba y una libreta de cuando escribía poemas, antes de decidir que las palabras lindas no servían para defenderse.
“Sos igual a él”, le decía siempre su madre cuando Lucía se ponía difícil. Y Lucía se lo había creído. Si era igual al hombre que rompía promesas, entonces ella no le debía fidelidad a nadie. Ni a Santi, ni a la Chuli, ni a las reglas del colegio.
Una Notificación en la Oscuridad
Su celular vibró. No era un mensaje de odio del grupo de la escuela, ni una disculpa de Santi. Era un mail.
De: Julián (Prof. Literatura)
Asunto: El libro que mencionamos
García, te adjunto un PDF con unos cuentos de una autora que escribía sobre chicas que se sentían fuera de lugar. No es tarea, así que no te esfuerces en buscar una excusa para no leerlo. Solo pensé que te gustaría ver que no sos la primera que cree que el mundo es un embole.
PD: El lunes hay prueba de lectura, pero dudo que necesites actuar para entender este texto.
Lucía miró el archivo adjunto. "Pájaros en la boca", se titulaba el primer cuento. Dudó un segundo, con el dedo suspendido sobre la pantalla. Al final, apagó la luz principal, prendió la veladora y empezó a leer.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio de su habitación no se sintió vacío.


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