Atorranta | Capítulo 4: Noche de Viernes
La "Quinta de los Ombúes" estaba a las afueras, en una zona de caminos de tierra donde el alumbrado público era solo un deseo. El lugar estaba estallado. La música se sentía en la boca del estómago antes de cruzar el portón. Autos estacionados de cualquier manera, chicos con vasos de plástico y el olor a pasto mojado mezclado con alcohol barato.
Lucía bajó del remís con la Chuli. Llevaba un vestido negro ajustado y unas botas que ya sabía que terminarían arruinadas por el barro.
—Hoy no quiero saber nada de nombres, ni de capturas, ni de Milagros —dijo Lucía, acomodándose el pelo frente al reflejo del vidrio del auto—. Hoy quiero apagar el cerebro.
—Dale, Lu, pero controlate un poco. Mirá que dijeron que hoy venía gente de otros colegios, pibes más grandes —advirtió la Chuli, que ya estaba nerviosa.
El Descontrol
Apenas entraron, la marea humana se las tragó. Lucía no tardó ni diez minutos en tener un vaso en la mano. Se movía entre la gente con una seguridad que intimidaba; saludaba a algunos, ignoraba a otros y se reía con esa risa fuerte que siempre atraía miradas.
Cerca de la medianoche, apareció Santi. Estaba visiblemente borracho y tenía la mirada desencajada. Se abrió paso entre la gente hasta quedar frente a ella en el medio de la pista improvisada.
—¡Me cagaste la vida, Lucía! —le gritó por encima de la música de reggaetón.
Lucía ni siquiera dejó de bailar. Se acercó a su oído, rozándole el cuello a propósito.
—Vos te la cagaste solo el día que decidiste que no tenías huevos para dejar a tu novia, Santi. Ahora correte, que me cortás el mambo.
Él la agarró del brazo, un poco más fuerte de lo necesario.
—No me vas a despachar así. Todo el mundo dice que sos una cualquiera, y yo de estúpido te defendía...
Lucía se soltó de un tirón, y sus ojos brillaron con una furia fría.
—Entonces haceles caso, nene. Andá a llorarle a Milagros, capaz que si le ponés cara de perro arrepentido te deja volver a dormir la siesta con ella.
El Giro de la Noche
Para evitar que la situación pasara a mayores, la Chuli se llevó a Lucía hacia la zona de la pileta, que estaba un poco más despejada. Ahí, sentados en el borde, había un grupo de pibes que no eran del colegio. Uno de ellos, un chico de unos veinte años con una campera de cuero y una cicatriz pequeña en la ceja, no le quitaba los ojos de encima.
—Esa lengua que tenés es más peligrosa que el fernet puro —dijo el chico, extendiéndole un cigarrillo.
Lucía se sentó a su lado, desafiante.
—Y eso que no me viste en un día malo. ¿Quién sos? No tenés cara de estar sufriendo por las integrales de matemática.
—Me llamo Marcos. Y no, la escuela quedó atrás hace rato. Estamos festejando que un amigo se va al sur. ¿Querés venir con nosotros? Vamos a seguirla en un bar que cierran para nosotros en el centro.
La Chuli le tironeó el vestido por detrás, por lo bajo. "Lu, no lo conocemos, vámonos" , susurró.
Pero Lucía estaba en ese punto donde el peligro se sentía como una invitación. Estaba harta de las paredes descascaradas del Alighieri, de los sermones de la Directora y de los dramas adolescentes de Milagros y Santi. Quería algo real, algo que doliera o que quemara.
—Me parece un planazo —dijo Lucía, ignorando por completo el gesto de su amiga—. Chuli, si querés andate con los del curso, yo después te aviso.
El Abismo
Subirse a la moto de Marcos fue un acto de rebelión pura. El viento en la cara a ochenta kilómetros por hora por la ruta oscura le devolvió la sensación de control que había perdido durante la semana. Pero cuando llegaron al lugar —un local de mala muerte en una calle cortada—, la adrenalina empezó a transformarse en algo parecido al miedo.
No era un bar. Era un aguantadero. Gente mucho más grande, ambiente pesado, y Marcos, que en la moto parecía un caballero rebelde, empezó a tratarla con una familiaridad que le revolvió el estómago.
—Vení, sentate acá, nena. Mostrale a los pibes esa actitud que tenías en la quinta —dijo Marcos, pasándole un brazo por los hombros mientras la obligaba a sentarse en un sillón de cuerina rota.
Lucía miró a su alrededor. No había salida fácil. Por primera vez en la noche, se dio cuenta de que su "personaje" de chica dura no tenía munición suficiente para pelear en esa liga. Su mano empezó a temblar imperceptiblemente mientras buscaba el celular en la cartera, esperando que todavía tuviera un poco de esa batería que siempre le faltaba.





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