Atorranta | Capítulo 7: Traiciones en el Baño
Hacía días que "La Chuli" estaba rara. Ya no se sentaba con Lucía en el recreo y esquivaba sus bromas sobre los profesores. El motivo tenía nombre y apellido: Facundo, un chico de cuarto año, callado y de buena familia, que le había prohibido a la Chuli juntarse con "la mala influencia del colegio".
Lucía lo descubrió de la peor manera. Entró al baño de mujeres para fumarse medio cigarrillo antes de Geografía y escuchó voces conocidas desde el sector de los espejos.
—Es que no la puedo dejar tirada así nomás, Mili —decía la voz de la Chuli, sonando arrepentida—. Es mi amiga de toda la vida.
—Amiga es la que te cuida, Chuli —respondió Milagros, la eterna rival de Lucía—. Ella solo te usa de escudo para que no la juzguen tanto a ella. Facundo tiene razón. Si seguís pegada a la García, vas a terminar con la misma fama de regalada. ¿Querés que tus viejos se enteren de las cosas que hace ella en las quintas?
Lucía sintió un calor súbito subirle por el cuello. Dio una patada a la puerta del cubículo, que golpeó contra la pared con un estruendo metálico. Las dos chicas saltaron del susto.
—Si van a hablar de mí, hablen más fuerte que no se oye desde el inodoro —dijo Lucía, saliendo con el cigarrillo (apagado, pero en la boca) y una mirada que hubiera derretido el hielo.
La Chuli se puso roja. Milagros, en cambio, puso cara de asco.
—Vámonos, Chuli. No vale la pena —dijo Milagros, agarrando su mochila.
—No, esperá —Lucía se interpuso en la puerta—. Chuli, ¿en serio? ¿Facundo te dice con quién hablar? Ese pibe no sabe ni limpiarse los mocos y vos le vas a dar el control de tus amistades.
—¡Es que tiene razón, Lu! —estalló la Chuli, con lágrimas en los ojos—. Siempre es lo mismo con vos. El drama, el video, el quilombo con los pibes grandes... Yo quiero tener un novio normal, ir a merendar, que mis viejos no me miren raro cuando digo que salgo con vos. Me cansé de ser "la amiga de la atorranta".
El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier insulto. Lucía bajó la mirada un segundo. Sintió un vacío que no se llenaba con ninguna respuesta rápida.
—Está bien —dijo Lucía con voz plana—. Andá a merendar con Facundo. Coman masitas y hablen del clima. Pero el día que ese pibe te deje por otra "chica bien", no me vengas a buscar. Porque para vos, yo ya no existo.
Lucía se hizo a un lado. La Chuli salió casi corriendo, sin mirar atrás. Milagros pasó por al lado de Lucía y le susurró al oído:
—Te estás quedando sola, García. Disfrutalo.
El Castigo del Destino
La amargura de la traición hizo que Lucía perdiera los estribos en la clase siguiente. Cuando el profesor de Geografía le pidió el mapa de relieves y ella no tenía ni una hoja rayada, la respuesta de Lucía fue un insulto que se escuchó hasta en la dirección.
Diez minutos después, Lucía caminaba hacia la oficina de la Directora por décima vez en el mes. Pero esta vez, la "Víbora" no estaba para sermones.
—Se acabó, García. Me cansé de tus faltas de respeto —dijo la Directora, firmando un papel con violencia—. No te voy a expulsar porque tu madre no sabría qué hacer con vos, pero vas a cumplir una sanción comunitaria.
—¿Sanción comunitaria? ¿Qué es esto, una película yanqui? —se mofó Lucía.
—Vas a venir este domingo a las ocho de la mañana. Vas a ayudar al casero a limpiar el gimnasio y a ordenar el depósito de educación física. Y no vas a estar sola. Vas a estar con el joven Martínez, que también tiene deudas pendientes con la disciplina.
Lucía se quedó helada. Martínez era "El Ruso", un pibe de su curso con el que se llevaba para el demonio desde primer año. Era un nerd de la informática, callado, que siempre la miraba como si fuera un bicho raro bajo un microscopio.



Comentarios
Publicar un comentario