Editorial Periodistico: Argentina: un país politizado, pero sin cultura política

Con Maximiliano Spada

En Argentina la política no es un tema más: es conversación cotidiana, discusión familiar, tendencia en redes y motivo de grietas profundas. Se habla de elecciones como si fueran finales del mundo, se milita con pasión futbolera y se opina de economía con la soltura de un panelista. Sin embargo, en medio de esa efervescencia constante, persiste una pregunta incómoda: ¿somos un país politizado, pero sin verdadera cultura política?
Estar politizado no es lo mismo que tener cultura política. La politización implica interés, intensidad, posicionamiento. La cultura política, en cambio, supone comprensión institucional, respeto por las reglas, valoración de la pluralidad y compromiso con la calidad democrática más allá de la simpatía partidaria. Y es allí donde la Argentina muestra su mayor fragilidad.
La historia reciente lo demuestra. Desde el retorno de la democracia en 1983, con la elección de Raúl Alfonsín, el país consolidó elecciones libres y alternancia en el poder. Pero también naturalizó prácticas que erosionan la institucionalidad: personalismos extremos, desconfianza sistemática hacia la Justicia, uso discrecional de recursos del Estado y una narrativa política que convierte al adversario en enemigo.
El fenómeno atraviesa gobiernos y colores partidarios. Durante las presidencias de Cristina Fernández de Kirchner, la confrontación fue método y discurso. Con Mauricio Macri, la promesa de “normalidad” chocó con la lógica binaria que él mismo ayudó a profundizar. Y bajo la gestión actual de Javier Milei, la política volvió a radicalizarse, ahora con un tono disruptivo que interpela —y a la vez tensiona— los consensos básicos del sistema.
La consecuencia es una ciudadanía intensamente involucrada, pero no necesariamente mejor informada. Se defiende a líderes antes que a instituciones. Se justifica lo injustificable si lo hace “mi espacio”. Se relativizan principios republicanos en función de la conveniencia coyuntural. La cultura política se debilita cuando la lealtad partidaria reemplaza al compromiso democrático.
Sin cultura política sólida, la democracia se vuelve frágil ante las crisis económicas —tan frecuentes en la Argentina— y vulnerable a soluciones mágicas o mesiánicas. Cada decepción renueva el péndulo, pero no fortalece las reglas del juego. Se cambia de rumbo con furia, pero no se construyen consensos duraderos.
Recuperar cultura política no implica bajar la intensidad del debate, sino elevar su calidad. Significa exigir transparencia incluso a quienes se vota, aceptar la legitimidad del que piensa distinto, entender el funcionamiento del Congreso y la división de poderes, y asumir que ningún liderazgo está por encima de la Constitución.
La Argentina seguirá siendo un país apasionadamente politizado. El desafío es transformar esa pasión en madurez cívica. Porque sin cultura política, la energía colectiva se diluye en confrontación estéril. Y una democracia sin cultura democrática corre el riesgo de sobrevivir apenas como procedimiento, pero no como valor compartido.

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