WebNovela | Lealtad de Barro y Esperanza
A los 17 años organizaron su primer acto barrial. No había escenario, pero sí una camioneta vieja con parlantes prestados, banderas caseras y una olla popular que había cocinado la mamá de Maxi con otras vecinas. Manu recitó un poema que había escrito: hablaba de la dignidad, del trabajo, y de Evita con el puño en alto. Maxi cerró con un discurso improvisado, lleno de errores gramaticales pero con el corazón en la boca. La gente aplaudía, no por la forma, sino por el fondo.
—Nos van a decir planeros, vagos, grasas —dijo Manu mientras guardaban las cosas—.
—Que lo digan. Nosotros sabemos de qué lado de la historia estamos —le respondió Maxi.
Con el tiempo, uno se metió en el centro de estudiantes, el otro en una unidad básica. Discutían todo: la estrategia electoral, las internas, si había que bancar a tal dirigente o no. Pero siempre volvían a la misma idea: que el pueblo tenía que estar primero.
Un día, en una marcha por la educación pública, los dos terminaron detenidos por “resistencia a la autoridad”. Pasaron la noche en la comisaría, cantando la marcha peronista en voz baja, riéndose para no llorar.
Cuando salieron, al amanecer, se abrazaron.
—No nos para nadie, hermano —dijo Maxi.
—Ni aunque nos metan mil veces presos —respondió Manu.
Desde entonces, cada vez que las cosas se ponen feas —cuando falta laburo, cuando aprietan los de arriba, cuando las traiciones duelen—, se buscan, se sientan en la plaza con un mate y se dicen lo mismo:
“Perón volvió mil veces. Nosotros también.”




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