Atorranta | Capítulo 1: El Último Recreo

El sol de las diez de la mañana pegaba fuerte en el patio de baldosas gastadas. Lucía estaba sentada sobre una mesa de cemento, con la pollera del uniforme doblada dos veces en la cintura para que pareciera más corta y la corbata colgando desprolija. Fumaba a escondidas detrás del depósito de educación física, o al menos eso creía ella.

—Lucía, si te ve la "Víbora", te manda directo a firmar el acta —dijo "La Chuli", mientras se retocaba el gloss mirando la cámara del celular.

Lucía soltó el humo con una lentitud exasperante y una sonrisa de lado.

—Que venga. Ya tengo tres actas, una más es colección. Además, la Víbora me tiene ganas porque sabe que su marido me mira cuando me pasa a buscar en la camioneta.

—Sos una desubicada, boluda —se rió la Chuli, aunque con un toque de admiración—. En serio, ¿qué vas a hacer con Literatura? Te llevás hasta el aire este trimestre.

—Zafar, Chuli. Siempre zafo. Dios aprieta pero no ahorca, y si ahorca, me gusta el morbo.

En ese momento, un grupo de chicos de cuarto año pasó cerca. Lucía los midió con la mirada, deteniéndose en Nico, el capitán del equipo de básquet.

—¡Eh, Nico! —gritó Lucía sin bajarse de la mesa.

El chico se detuvo, algo nervioso. Lucía tenía esa fama de ser "demasiado" para los que no sabían llevarle el ritmo.

—¿Qué pasa, Lu? —respondió él, acercándose.

—Me contaron que andás diciendo que el sábado en la quinta de los Martínez no pasó nada. ¿Tan poco te duró el recuerdo o te dio miedo que tu noviecita se entere?

Los amigos de Nico soltaron un "uuhh" colectivo. Nico se puso rojo como un tomate.

—No dije nada, Lu. Cortala.

—Acercate y decímelo en la cara, entonces —desafió ella, apagando el cigarrillo con la suela del zapato y bajándose de la mesa con un movimiento felino. Quedó a centímetros de él—. No muerda, nene. Bueno, a veces sí.

La tensión fue interrumpida por el grito estridente de la preceptora, la señora Mabel.

—¡¡García Lucía!! ¡A la dirección! ¡Ahora mismo!

Lucía se dio vuelta lentamente, acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja. Miró a Nico por última vez, le guiñó un ojo y caminó hacia el edificio principal con un contoneo que hacía que todos los ojos del patio se clavaran en ella.

En la Dirección

La Directora, una mujer de unos sesenta años con cara de pocos amigos y un escritorio lleno de carpetas, la esperaba sentada con las manos entrelazadas.

—Sentate, Lucía. Y bajate la pollera, por favor. Esto es una institución educativa, no un boliche.

Lucía se sentó con desgano, cruzando las piernas.

—Es el calor, Directora. La tela del uniforme no respira. Debería quejarse con el proveedor.

—No me vengas con ironías. Tengo tu legajo acá. Amonestaciones por fumar, por contestar mal, por ausencias injustificadas... y ahora, los profesores me dicen que distraés a toda la clase con tus comentarios. ¿Qué buscás, Lucía? ¿Qué querés demostrar?

—No busco nada —respondió Lucía, perdiendo por un segundo la sonrisa—. Solo quiero terminar esto. Me aburro. Las clases son un embole y ustedes se preocupan más por el largo de mi ropa que por si entiendo algo de física cuántica.

—Te preocupa el "embole", pero no entregaste ni un solo trabajo práctico en el mes. Tu mamá llamó preocupada ayer.

Lucía se tensó. El nombre de su madre siempre era el detonante.

—Mi vieja no sabe ni qué día es hoy, no me venga con cuentos. Si me va a suspender, hágalo de una vez. Tengo mejores cosas que hacer que escuchar un sermón que ya me sé de memoria.

La directora suspiró, recostándose en su silla.

—No te voy a suspender. No todavía. Te voy a dar una última oportunidad. Si desaprobás el próximo examen de Literatura, vas a tener que recursar el año. Y esta vez, no voy a permitir que tus "encantos" convenzan a nadie. ¿Estamos claros?

Lucía se levantó, se acomodó la mochila en un solo hombro y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se dio vuelta.

—Clarísimo, Dire. Pero no se preocupe por mis encantos. Preocúpese por los suyos, que el colegio se le está cayendo a pedazos.

Salió al pasillo justo cuando sonaba el timbre. El ruido era ensordecedor, pero para ella era música. Sabía que estaba en la cuerda floja, y eso era exactamente lo que más le gustaba.

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