Atorranta | Capítulo 2: Fuego en el Pasillo
El lunes a la mañana en la secundaria "Dante Alighieri" no se sentía como un lunes cualquiera. Había un zumbido eléctrico en el aire, de esos que solo generan los chismes bien jugosos. Lucía cruzó el portón de entrada con sus auriculares puestos a todo volumen, ignorando las miradas de reojo de las chicas de tercer año que cuchicheaban en la esquina del buffet.
No le hizo falta preguntar. Al llegar al aula de 5to "B", la Chuli la interceptó antes de que pudiera apoyar la mochila en el banco. Tenía la cara pálida y el celular en la mano como si fuera una granada a punto de explotar.
—Boluda, ¿viste el grupo? —le soltó la Chuli, sin saludar.
—Ni miré el celular, me quedé sin batería anoche. ¿Qué pasó ahora? ¿Se murió la preceptora? —respondió Lucía, bostezando.
—Peor. Alguien filtró las capturas de tu chat con el novio de Milagros, la de 5to "A". Y no solo eso, hay un video de la fiesta del sábado. Se ve... bueno, se ve bastante.
Lucía sintió un pinchazo frío en el estómago, pero no dejó que se le notara en la cara. Mantuvo esa máscara de hierro que tanto le había costado construir.
—A ver, prestame —dijo, arrebatándole el teléfono.
En la pantalla, el grupo "Promo 2026 (Oficial)" ardía. Las capturas mostraban mensajes de alto voltaje de un tal "Santi", el pibe más popular (y supuestamente más fiel) del último año. Los mensajes de Lucía eran cortos, provocadores, casi crueles. Pero el video era el remate: se la veía a ella, bajo las luces rojas de un patio, besándose con Santi mientras él la agarraba de la cintura con una desesperación evidente.
—Qué mal que salió mi perfil en ese video, la luz me mata —dijo Lucía, devolviendo el celular con una indiferencia fingida.
—¡Lucía! ¡Milagros te va a matar! Está en el baño llorando con todas sus amigas. Dicen que te van a esperar a la salida para "enseñarte a no meterte con pibes con dueña".
Lucía soltó una carcajada seca que hizo que varios compañeros se dieran vuelta a mirarla.
—¿Dueña? ¿Qué es, un caniche? Si el pibe es un flojo de papeles, el problema es de ella, no mío. Yo no le prometí amor eterno a nadie.
El Enfrentamiento
La clase de Geografía fue un simulacro de normalidad. Lucía sentía los ojos de todos clavados en su nuca. En el recreo, decidió no esconderse. Fue directo al buffet a comprar una Coca-Cola. En la fila, se topó con el "comité de recepción": Milagros y tres chicas más, todas con los ojos hinchados o caras de pocos amigos.
—Sos una basura, García —escupió Milagros, dándole un empujón en el hombro—. Sabías perfectamente que estábamos juntos desde hace dos años.
Lucía ni siquiera se tambaleó. Se dio vuelta lentamente, destapando su bebida con un clac sonoro.
—Mirá, Mili... —empezó Lucía con un tono casi maternal que irritaba más—. Dos años es un montón de tiempo para estar con alguien tan aburrido como Santi. Deberías agradecerme; te saqué la duda de si te era fiel o no. Ahora ya sabés que no. De nada.
—¡Sos una atorranta! ¡Te metés con cualquiera para sentirte alguien porque en tu casa no te dan bola! —le gritó una de las amigas de Milagros.
Ese comentario fue el que dio en el clavo. La mandíbula de Lucía se tensó. Se acercó un paso a la chica, invadiendo su espacio personal hasta que sus narices casi se tocaron.
—Podré ser lo que vos digas, reina —susurró Lucía, con una voz que destilaba veneno—, pero al menos no soy una sombra que necesita de otras tres para venir a decirme algo. Y otra cosa: si Santi me buscó a mí, es porque con vos se estaba durmiendo. Buscate un hobby, o un novio que no me tenga en los destacados de Instagram.
Lucía pasó por el medio de las cuatro chicas, golpeando el hombro de Milagros al pasar. El pasillo se quedó en silencio.
La Soledad de la "Atorranta"
Más tarde, escondida en el último cubículo del baño de mujeres, Lucía se sentó sobre la tapa del inodoro. Sacó su propio celular, que ya había cargado un poco en el aula, y vio el video de nuevo. No sentía triunfo. Sentía un vacío pesado, un cansancio que no se iba durmiendo.
Alguien entró al baño. Se oyeron pasos de zapatos de taco bajo. La Directora.
—Sé que estás ahí, Lucía. Escuché los gritos en el buffet —dijo la voz desde el otro lado de la puerta del cubículo.
—Es un país libre, Dire. Se puede gritar en el buffet —respondió Lucía, mirando el techo descascarado.
—No te voy a dar otra charla sobre moral, ya sos grande para eso. Solo te voy a decir una cosa: ser el centro de atención no es lo mismo que ser respetada. Estás quemando puentes a una velocidad alarmante. Algún día vas a querer cruzar uno y no va a quedar nada más que cenizas.
Lucía no respondió. Esperó a que los pasos de la directora se alejaran. Se miró en el espejo del baño, se limpió un resto de rímel corrido y se pintó los labios de un rojo furioso.
—Que arda —susurró para sí misma, antes de salir a enfrentar el resto del día.





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