PsicoEspacio: Hoy Clara una jubilada, nos cuenta su situación.
Hola! Soy clarita. Les escribo estas líneas desde el banco de la plaza, el mismo que está frente al jacarandá. No se preocupen, estoy bien. Hace una tarde linda y el sol todavía calienta un poco antes de que empiece a refrescar.
Les cuento esto porque ya se volvió mi rutina. A las dos de la tarde, después de comer algo liviano, apago todo. Desconecto la heladera —total, adentro hay tan poco que aguanta bien el frío un par de horas—, me aseguro de que todas las luces estén apagadas y salgo.
Estar en casa se volvió un ejercicio de aritmética que me agota la cabeza. Cada vez que prendo la hornalla para un té o enciendo la radio, escucho el ruido del medidor, como si fuera un reloj de arena que se lleva lo poco que cobré el mes pasado. En la plaza, en cambio, el consumo es cero. El sol es gratis, el aire es gratis y ver pasar a la gente no me cuesta ni un peso de la cuenta de luz.
Es una "nueva normalidad" bastante extraña. Al principio me daba vergüenza, pero después empecé a ver a otras como yo. Nos reconocemos por el saquito de lana y el termo bajo el brazo. Nos sentamos cerca pero manteniendo la distancia, compartiendo el silencio de saber que todas estamos haciendo lo mismo: estirando el día para que la noche en casa sea lo más corta posible. Si vuelvo tarde, prendo la luz solo un ratito antes de acostarme.
A veces me pregunto en qué momento la casa de uno pasó de ser un refugio a ser un enemigo que te come la jubilación. Pero bueno, no quiero amargarlos. Acá en la plaza por lo menos hay gorriones y algún perro que viene a saludar.
Vengan cuando puedan, pero mejor encontrémonos acá. Traigan el mate, que yo pongo el sol.
Los quiere, la nona clarita




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