Atorranta | Capítulo 8: Detención Dominical
El domingo amaneció gris y con una llovizna persistente. Lucía llegó al colegio con un humor de perros, bostezando y con una campera demasiado grande para el frío que hacía. El portón de hierro chirrió al abrirse.
En la puerta del gimnasio estaba el Ruso, con sus anteojos de marco grueso y una hidrolavadora en la mano.
—Llegás quince minutos tarde, García —dijo el Ruso sin mirarla.
—Mirá, Ruso, no me rompas las bolas. Estoy acá porque no me quedó otra. Dame un trapo y decime qué hay que hacer así me voy rápido.
—Hay que sacar los grafitis de las paredes del depósito y acomodar las colchonetas. El casero dice que si terminamos antes de las dos, nos podemos ir.
Empezaron a trabajar en un silencio incómodo. Lucía refregaba una pared llena de inscripciones con lavandina mientras el Ruso ordenaba pelotas desinfladas.
—¿Por qué te hacés la que no te importa nada? —preguntó el Ruso de repente, mientras enrollaba una red de vóley.
—¿Qué te pasa? ¿Te comiste un libro de autoayuda hoy? —respondió Lucía sin dejar de fregar.
—Es una pregunta técnica. Sos inteligente, se nota cuando hablás con Julián en Literatura. Pero te esforzás tanto en que todos piensen que sos una... —se calló antes de decir la palabra.
—Decilo, Ruso. Una atorranta. Una fácil. Una que no tiene futuro. Eso es lo que dicen todos, ¿no?
—Yo no digo eso —dijo el Ruso, acercándose y sentándose en una de las colchonetas limpias—. Yo creo que sos como un firewall. Ponés un montón de protecciones y virus falsos para que nadie entre al sistema operativo de verdad. Porque si alguien entra, te puede borrar todo.
Lucía se detuvo. Dejó el trapo en el balde y se sentó frente a él, a una distancia prudente. El olor a humedad y lavandina los rodeaba.
—¿Un firewall? —se rió ella, aunque con menos ganas que de costumbre—. Sos un nerd irrecuperable.
—Puede ser. Pero mi sistema operativo no está bajo ataque constante como el tuyo. ¿Vale la pena, Lu? ¿Vale la pena que todo el colegio te odie para que nadie te conozca de verdad?
Lucía miró sus manos, que estaban rojas por el frío y el producto de limpieza. Por primera vez en años, no sintió ganas de contestar con una guarangada.
—A veces es más fácil que te odien por lo que inventás, que por lo que sos de verdad —susurró Lucía, casi para sí misma.
Ese domingo, entre baldes de agua y redes viejas, Lucía no aprendió nada sobre educación física, pero descubrió que el Ruso era la única persona en todo el Alighieri que no la miraba como si fuera un problema a resolver, sino como una persona a la que entender.



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