Atorranta 10 | Capítulo 10: La Tregua
El jueves, Lucía entró al colegio diferente. No se puso el labial rojo. No dobló la pollera. Tenía un moratón en el brazo que intentaba tapar con el buzo del uniforme.
Fue directo al aula de Literatura antes de que empezara la clase. Julián estaba corrigiendo unos exámenes.
—Profe... necesito ayuda —dijo Lucía, y esa fue la primera vez en toda la novela que su voz sonó pequeña, como la de la chica de doce años que todavía vivía adentro de ella.
Julián dejó la lapicera de lado y le señaló la silla de enfrente.
—Te estaba esperando, García. Sentate y contame todo. Desde el principio.
Durante una hora, Lucía habló. Contó lo de Marcos, lo de su casa, lo de la soledad que sentía cuando se apagaban las luces. Julián escuchó sin interrumpir. Cuando ella terminó, él no le dio un sermón.
—Vamos a hacer un trato —dijo Julián—. Yo voy a hablar con la Directora para que la escuela te respalde legalmente si esos tipos vuelven a molestarte. Pero vos tenés que comprometerte a algo: vas a dejar de actuar. Vas a estudiar para el final, vas a aprobar y vas a demostrarles a todos —y sobre todo a vos misma— que sos mucho más que el chisme de un pasillo.
El Cambio de Clima
La noticia de que Lucía "se había vuelto buena" o "estaba bajo protección" corrió rápido. Milagros y su grupo intentaron burlarse, pero algo había cambiado. Lucía ya no les contestaba. Las miraba con una mezcla de lástima y distancia que era mucho más poderosa que cualquier insulto.
Empezó a estudiar en la biblioteca con el Ruso. Él le enseñaba Química y ella, a cambio, lo ayudaba a redactar los informes de laboratorio para que no parecieran escritos por un robot.
—¿Sabés qué, Ruso? —dijo Lucía una tarde, rodeada de libros de texto—. Creo que el firewall se cayó.
—Mejor —respondió él, sin levantar la vista del libro de orgánica—. Tenías el sistema lleno de basura. Era hora de un formateo.



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