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Atorranta 11 | Capítulo 11: Baile de Despedida

El club del barrio estaba decorado con guirnaldas de papel crepé y luces que parpadeaban al ritmo de un parlante que saturaba. El aire estaba pesado, cargado de perfume barato, sudor y esa ansiedad típica de quienes saben que el año se termina.

Lucía llegó tarde. No entró con el estruendo de otras veces. Llevaba un vestido sencillo, color esmeralda, que le había prestado una tía. No había rastro de la "atorranta" de labios rojos y mirada desafiante; hoy su mirada era limpia, aunque cargada de una seriedad nueva.

—Estás... diferente —dijo el Ruso, acercándose a ella cerca de la mesa de bebidas. Él se había esforzado: camisa planchada y el pelo apenas dominado por un poco de gel.

—Diferente es el nombre elegante para decir que no parezco yo, ¿no? —bromeó Lucía, pero sin veneno.

—Al revés. Creo que hoy te parecés más a vos que nunca.

El Estallido

La paz duró poco. A mitad de la noche, cuando la música bajó para que la comisión de alumnos diera un discurso, Santi —que seguía resentido y despechado— subió al escenario improvisado. Estaba pasado de copas y sostenía el micrófono con manos torpes.

—¡Un brindis! —gritó Santi, llamando la atención de todos—. ¡Un brindis por las caretas que se caen! Porque ahora resulta que la García es una santa, que estudia con los nerds y se hace la que tiene valores. ¡Pero todos vimos el video! ¡Todos sabemos quién es la verdadera Lucía!

El silencio fue sepulcral. Milagros, desde abajo, sonreía con una satisfacción amarga. La Chuli bajó la mirada, avergonzada. El Ruso amagó con avanzar, pero Lucía lo detuvo poniéndole una mano en el pecho.

Lucía caminó hacia el escenario. No corrió, no gritó. Subió los tres escalones de madera y se paró frente a Santi. Le sacó el micrófono de la mano con una calma que asustó al chico.

—Tenés razón, Santi —dijo Lucía, y su voz resonó clara en todo el salón—. Todos vieron el video. Pero lo que vieron es a una chica que estaba tan perdida como vos, buscando algo que no sabía qué era en personas que no valían la pena.

Hizo una pausa, mirando directamente a Milagros y luego a toda la concurrencia.

—Yo me equivoqué un montón. Pero mi error fue público, y lo pagué en cada pasillo de este colegio. El problema de ustedes no es lo que yo hice; el problema de ustedes es que necesitan que yo sea "la mala" para sentirse un poco mejores con sus vidas aburridas. Santi, bajate del escenario. Estás haciendo el ridículo y ya nadie te está comprando el papel de víctima.

Santi, desarmado por la lógica fría de Lucía, bajó la cabeza y se perdió entre la multitud. Lucía bajó del escenario bajo una lluvia de murmullos, pero esta vez no eran de asco, sino de un respeto que nunca antes había sentido.

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