AUSPICIANTES

Atorranta | Capítulo 9: Cerca del Abismo

 

El alivio que Lucía sintió tras la charla con el Ruso duró poco. El miércoles a la noche, un mensaje de Marcos (el chico de la moto) apareció en su pantalla.

Marcos: Che, nena. Los pibes dicen que te llevaste algo que no era tuyo el otro día del bar. Unos lentes de sol caros y una billetera que estaba sobre la mesa. No queremos lío, pero devolvé las cosas o vamos a tener que pasar por tu casa a saludar a tu vieja.

Lucía sintió que el piso desaparecía. Ella no había robado nada, pero sabía cómo funcionaba esa gente: buscaban un chivo expiatorio y ella, la "chica de la secundaria que se hace la loca", era el blanco perfecto.

La Trampa

Aterrada por la idea de que esos tipos aparecieran en su casa y asustaran a su madre —que ya bastante tenía con sus propios fantasmas—, Lucía decidió enfrentar la situación sola. Citó a Marcos en una plaza alejada, cerca de las vías del tren, al anochecer.

—Yo no tengo nada, Marcos. Revisame la mochila si querés —dijo Lucía, tratando de que no se le notara el temblor en las manos al llegar a la plaza.

Marcos bajó de la moto, pero esta vez no estaba solo. Otros dos tipos, con cara de haber pasado muchas noches sin dormir, se bajaron de un auto destartalado.

—No nos importa la billetera, nena —dijo Marcos con una sonrisa que le heló la sangre—. Eso era la excusa. Queremos que nos hagas un favor. Tenemos que pasar un "paquete" por el centro y tu mochila de colegio es el escondite perfecto. Nadie para a una nena de uniforme en el colectivo.

—Ni loca. Busquense a otra —respondió ella, dando un paso atrás.

—No es una pregunta, García —dijo uno de los tipos, agarrándola del brazo con una fuerza que le dejó una marca instantánea—. Lo hacés o mañana todo el mundo en el Alighieri se entera de que sos nuestra "socia". Y creeme, la policía te va a buscar a vos primero.

El Rescate Inesperado

En ese momento, unas luces de auto iluminaron la escena. Un motor diésel viejo se detuvo a pocos metros. Era la camioneta del Ruso. O mejor dicho, de su hermano mayor, que lo estaba acompañando.

El Ruso bajó de la camioneta con el celular en la mano, simulando una llamada.

—¡Sí, oficial! ¡Es acá en la plaza de las vías! ¡Ya los veo! —gritó el Ruso, exagerando la voz.

Los tipos de la moto, que no querían problemas con la ley por una pavada, se subieron a sus vehículos.

—Esto no termina acá, nena —escupió Marcos antes de arrancar a toda velocidad, dejando una nube de humo negro.

Lucía se desplomó en el banco de la plaza. El Ruso se acercó, temblando casi tanto como ella.

—¿Sos estúpida, Lu? ¿Cómo vas a venir acá sola? —le dijo el Ruso, extendiéndole la mano para ayudarla a levantarse.

—¿Cómo sabías que estaba acá? —preguntó ella, limpiándose una lágrima de rabia.

—Te vi salir del colegio con una cara de pánico que no era normal. Y como soy un nerd irrecuperable, te seguí con el GPS de un juego que compartimos el otro día. Menos mal que mi hermano es un flojo y me hizo la gamba con la chata.

La Realidad Golpea

Esa noche, Lucía no fue a su casa. El Ruso y su hermano la llevaron a dar vueltas por la ciudad hasta que se calmó.

—Mañana tenés que hablar con alguien, Lu —dijo el Ruso mientras la dejaba en su puerta—. Con Julián, o con la Directora. Estos tipos no son pibes de 5to año. Esto es en serio.

Lucía entró a su casa y vio a su madre dormida frente a la tele, otra vez. Se dio cuenta de que si seguía por ese camino, el abismo no iba a ser una metáfora literaria de Julián, sino una celda real.

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