Hoy en PsicoEspacio: Habla Josefina, vecina de la localidad.
Con una mezcla de profunda indignación, cansancio y desamparo. Escribo estas líneas porque la paciencia se terminó y la dignidad humana no se negocia. Soy una vecina de este lugar, una ciudadana que cumple, que vive acá y que, increíblemente, en pleno año 2026, no tiene agua potable en su casa.
Abrir la canilla y que salga agua limpia es un derecho básico, pero para mí y para tantos otros es una odisea diaria. Nuestra única opción para consumir, cocinar e higienizarnos es caminar cuadras cargando bidones hasta la canilla comunitaria. Eso ya es una humillación en sí misma, pero la situación pasa de indignante a inhumana los días de tormenta.
Cuando llueve, la realidad se vuelve perversa. El barrio se vuelve intransitable, las calles se inundan, el barro te llega a las rodillas y es físicamente imposible acarrear bidones bajo el agua. ¿Qué se supone que hagamos esos días? ¿No tomamos agua? ¿No cocinamos? ¿Tenemos que elegir entre deshidratarnos o exponernos a enfermarnos bajo el temporal para conseguir un balde de agua limpia? Es una locura. Mientras algunos miran la lluvia desde la ventana con un café, nosotros la miramos con angustia porque sabemos que nos quedamos sin agua.
No estamos pidiendo lujos. Estamos pidiendo agua potable, un servicio esencial, un derecho humano elemental que nos vienen negando sistemáticamente. No podemos seguir viviendo al ritmo del pronóstico del tiempo para saber si vamos a poder tomar un vaso de agua limpia o no.
Exigimos respuestas concretas y obras reales, no más promesas ni parches que se diluyen con la primera llovizna. Necesitamos el agua en nuestras casas ya.
Atentamente,
Una ciudadana cansada de invisibilidad




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