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9 de Julio: El grito de libertad que nació en una casa tucumana y resonó para siempre.

Cada 9 de julio, la Argentina se viste de celeste y blanco para conmemorar el hito fundacional de su soberanía: la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica, proclamada en 1816. Este día no solo recuerda un acta firmada en una modesta casona de San Miguel de Tucumán, sino la culminación de un proceso revolucionario que desafió al imperio más poderoso de la época para construir una nación libre.

Una revolución en peligro

Para entender la magnitud de lo sucedido en 1816, es necesario mirar el mapa de la época. Seis años después de la Revolución de Mayo de 1810, el panorama para las fuerzas patriotas era crítico. El rey Fernando VII había recuperado el trono de España y enviado poderosos ejércitos para reconquistar las colonias sublevadas. Chile había caído nuevamente en manos realistas, el panorama en la Banda Oriental era complejo y las tropas españolas presionaban con fuerza desde el Alto Perú.

En ese clima de extrema urgencia, el Directorio convocó a un Congreso General Constituyente en Tucumán, una elección estratégica para descentralizar el poder de Buenos Aires y unir a las provincias del interior.

Los congresales y el clamor del norte

A partir de marzo de 1816, los diputados de las distintas provincias comenzaron a llegar a Tucumán a caballo, en carretas y galeras, tras semanas de viajes extenuantes. Sesionaron en la casa de doña Francisca Bazán de Laguna, la cual debió ser reformada —derribando una pared para crear un salón lo suficientemente amplio— para albergar a los representantes.

Desde el campamento de El Plumerillo en Mendoza, José de San Martín presionaba epistolarmente a los congresales, urgido por la necesidad de declarar la independencia para poder iniciar formalmente su plan emancipador a través de la Cordillera de los Andes. "¡Ánimo! Que para los hombres de coraje se han hecho las empresas", arengaba el Libertador. En el norte, Martín Miguel de Güemes y sus gauchos resistían las invasiones realistas, garantizando el territorio seguro para que el Congreso pudiera deliberar.

El día del quiebre definitivo

El martes 9 de julio de 1816, bajo la presidencia del sanjuanino Juan Francisco Narciso de Laprida, el secretario Juan José Paso leyó la propuesta al recinto. La pregunta era directa: si las provincias querían ser una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli.

La respuesta de los congresales fue unánime y clamorosa: "¡Sí, queremos!". Días más tarde, en una sesión secreta, se modificó el acta para agregar que la independencia también nos liberaba de "toda otra dominación extranjera", cerrando la puerta a las pretensiones de potencias como Gran Bretaña o Portugal.

Un legado que se renueva

La Declaración de la Independencia fue el acta de nacimiento de la República Argentina, un compromiso sellado por hombres que arriesgaron sus vidas y bienes en pos de un ideal colectivo.

Hoy, a 210 años de aquella gesta, la fecha invita a reflexionar sobre el significado de la soberanía en el siglo XXI. Celebrar el 9 de Julio va más allá del locro, los pastelitos y los desfiles coloniales; es una oportunidad para honrar el coraje de quienes nos antecedieron y renovar, desde cada rincón del país, el compromiso diario de construir una sociedad más justa, unida y verdaderamente libre.

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