Editorial Periodístico: La paradoja de los patriotas de maqueta: cuando defender privilegios se disfraza de "causa nacional"
Existe una constante histórica en la política nacional: cada vez que un sector concentrated de poder ve amenazados sus intereses, activa el mismo resorte retórico. No debaten presupuestos, no contrastan modelos de desarrollo ni justifican exenciones tributarias; prefieren apretar el botón rojo del discurso identitario y tildar de "antiargentina" cualquier postura que desafíe la concentración económica o exija una distribución más equitativa.
La estrategia no es nueva, pero su intensidad actual resulta alarmante. Se ha montado una sistemática campaña de estigmatización donde la "patria" pasa a ser una marca registrada de propiedad exclusiva. En esta narrativa, ser un "buen argentino" equivale a aceptar sin chistar la desregulación total, la erosión de los derechos laborales y el achicamiento de la ciencia, la educación y la salud pública. Quien ose cuestionar el impacto social de estas medidas, exigir soberanía sobre los recursos estratégicos o señalar que el desarrollo no llega por derrame divino, pasa automáticamente a integrar la lista de los "enemigos de la Nación".
Es una operación de pinzas tan burda como efectiva:
Monopolización del símbolo: Se adueñan de la bandera, los próceres y el sentido común, identificando el "interés nacional" con el beneficio de unos pocos grupos corporativos.
Inversión de la carga: Se tilda de "destructores" a quienes defienden la universidad pública, el sistema científico o la industria local, mientras se celebra como "modernización" la reprimarización de la economía y la fuga de divisas.
Descalificación del disenso: El debate democrático se reduce a una contienda binaria entre "patria o caos", cancelando cualquier matiz o crítica técnica bajo la etiqueta del boicot.
La verdadera paradoja: Quienes acusan a otros de "antiargentinos" suelen ser los primeros en desconfiar de las capacidades del país, en subordinar el interés nacional al capital financiero transnacional y en medir la prosperidad únicamente en las pantallas de la bolsa, ignorando el entramado productivo y social que sostiene al país real.
Argentina no pertenece a una corporación ni a una casta de iluminados que pretenden definir desde un despacho quién tiene derecho a llamarse patriota. La patria no es un activo financiero ni un eslogan publicitario: es la escuela técnica que abre sus puertas, el investigador del CONICET que busca soluciones locales, la PyME que apuesta al valor agregado y el trabajador que sostiene la economía día a día.
Tildar de "antiargentino" al que piensa distinto no es una muestra de fuerza; es la confesión de una debilidad argumentativa. Es el recurso desesperado de quienes, al no poder justificar por qué un país debe ser administrado a la medida de una minoría, prefieren linchar mediáticamente a quienes se atreven a imaginar un destino diferente.
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