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El Sustituto mundial: El bucle del destino, Cuando la historia argentina se juega en 90 minutos.

 

Hay una teoría invisible que flota en el inconsciente colectivo argentino: la idea de que el fútbol no es solo un juego, sino una revancha coreografiada del pasado, una rima perfecta de la historia. Si analizamos los grandes hitos fundacionales del país y los cruzamos con las batallas más intensas sobre el césped, el paralelismo es casi místico. Pareciera que la historia se repite, primero con pólvora y sables, y siglos después, con pantalones cortos y una pelota número cinco.


El mito fundacional nos lleva siempre a 1810. Aquel 25 de mayo, el pueblo de Buenos Aires se plantó frente al Cabildo para exigir la destitución del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros. Fue el primer grito de libertad frente a la corona de España, el inicio del fin del dominio ibérico en el Río de la Plata. Traslademos esa misma tensión al rectángulo verde. Enfrentar a España nunca es un partido más. Es el choque contra la "Madre Patria", el reencuentro con el viejo colonizador. Cuando la Selección Argentina se mide ante el conjunto español, la narrativa subterránea es la misma que la de los criollos de mayo: demostrarle al viejo imperio que el alumno superó al maestro, que la independencia futbolística y el potrero son soberanos, y que aquel lazo que se rompió en el siglo XIX se revalida hoy con gambetas.

Pero la historia argentina no se entiende sin su otro gran antagonista europeo: Inglaterra. Antes de la Revolución de Mayo, el territorio nacional tuvo que templar su carácter defendiéndose de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Expulsar a las tropas británicas de las calles de Buenos Aires no solo unió al pueblo, sino que demostró que el territorio podía defenderse solo, sembrando la semilla de la futura emancipación.

Ese "nos liberamos de Inglaterra antes de independizarnos de España" se calcó, con una precisión quirúrgica, en el plano futbolístico. La rivalidad con Inglaterra trasciende lo deportivo; está teñida por la soberanía, el orgullo y la memoria. Cada partido contra los británicos se vive con la misma épica de las milicias criollas arrojando aceite hirviendo desde los techos. El choque en los mundiales, con el antecedente imborrable de 1986, es la transmutación perfecta de aquellas invasiones: una defensa de la identidad nacional frente al gigante anglosajón.

El bucle es perfecto. Primero nos defendimos de las invasiones inglesas; después nos independizamos de España. En el fútbol, la mística opera igual: vencer a Inglaterra es la batalla de la resistencia, el orgullo herido y la picardía criolla; ganarle a España es consolidar la mayoría de edad, el grito definitivo de que este lado del mundo tiene su propio brillo.

La historia no se repite, pero rima. Y en Argentina, esa rima siempre se escribe con los pies.

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