Los últimos días de la inocencias: Capítulo 4: Sombras en el Bosque
Con dos linternas deficientes, los cuatro salen a la galería de madera. El frío cala los huesos. La oscuridad es total, devoradora. Julián, todavía bajo los efectos del alcohol, grita hacia el bosque.
—¡Si vinieron por la despedida, las chicas se equivocaron de dirección! ¡Acá solo hay cuatro deprimidos!
—¡Cállate, Julián! —lo frena Tomás, aterrado—. Escuchen.
Un crujido de ramas rotas suena a menos de veinte metros. Mateo alumbra hacia la densa vegetación. El haz de luz enfoca una figura alta, vestida con una campera de abrigo rota. Al verse descubierta, la figura corre hacia el interior del bosque.
—¡Ey! ¡Es el que nos dejó el whisky! —grita Leo y, sin pensar, salta la baranda y corre detrás del intruso.
—¡Leo, no! ¡Volvé, la puta madre! —brama Mateo.
Los tres restantes no tienen opción. Se lanzan al bosque persiguiendo los gritos de Leo. La noche se transforma en una trampa de ramas que azotan sus caras y raíces que los hacen tropezar.




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