Los últimos días de la inocencias: Capítulo 3: La Desconexión
Es la madrugada. Los efectos de la noche se mezclan. Leo baila solo con auriculares, Julián debate con el vacío en la terraza y Tomás confiesa su mayor miedo a Mateo en la cocina.
—No se lo dije a nadie, Matu —dice Tomás, con la voz pastosa—. Flor quiere que nos mudemos a España apenas pasemos por el civil. Su papá nos armó una empresa allá. Si firmo, vendo mi vida.
Mateo se congela con un vaso de agua en la mano.
—¿España? ¿Y tu consultora acá? ¿Y nosotros?
—Eso es lo de menos. Lo peor es que firmé un acuerdo prenupcial que ni mi abogado leyó bien. Me presionaron, Matu.
De repente, las luces de la cabaña parpadean y se apagan por completo. El zumbido de la heladera muere. Leo entra corriendo de la terraza, sin auriculares, con los ojos abiertos como platos.
—Muchachos... dejen de joder con la luz.
—Se cortó la fase, Leo, estamos en el medio de la nada —dice Mateo buscando una linterna.
—No es la fase —dice Leo, temblando levemente—. Había alguien en el límite de los árboles. Vi la linterna. Y me silbó.



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