PsicoEspacio: Rosario Una vecina cansada de no llegar.
Escribo esto con una mezcla de bronca e impotencia que ya no me entra en el pecho. No soy política, no soy economista, ni pretendo darle lecciones de nada a nadie. Soy simplemente una vecina más de esta ciudad que trabaja todos los días, que se levanta temprano, que cumple con todo lo que tiene que cumplir, y que aun así no llega a fin de mes.
Es desesperante ir al supermercado o al almacén del barrio y ver cómo las mismas cosas de la semana pasada hoy cuestan más. Uno camina, busca ofertas, achica gastos, tacha lujos que hace rato dejaron de serlo —un café afuera, un gusto para los chicos, una salida el fin de semana— y ni así alcanza. Las boletas de los servicios llegan con aumentos insólitos, el boleto de colectivo sube todo el tiempo y el sueldo, el sueldo sigue siendo una burla que se evapora en los primeros diez días del mes.
¿Qué se supone que hagamos? ¿Qué más tenemos que recortar? Ya no se trata de "apretarse el cinturón", porque al cinturón no le quedan más agujeros. Se trata de elegir entre pagar la luz o comprar la comida de la semana. De vivir con el corazón en la boca cada vez que hay que ir al cajero o ver la cuenta del banco.
Lo que más duele es la sensación de estar pedaleando en el aire. Trabajamos más horas, nos sacrificamos más, pero la meta siempre la corren un poco más lejos. Mientras tanto, las explicaciones de arriba suenan lejanas, frías y desconectadas de la realidad de los que pateamos la calle todos los días.
No pido regalos ni soluciones mágicas. Pido poder vivir de mi trabajo con dignidad. Pido que el esfuerzo valga de algo y que llegar al día 30 no sea una carrera de supervivencia.
Atentamente,
Rosario
Una vecina cansada de no llegar.
















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