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Editorial Periodístico: El fútbol nos acaba de enseñar una lección que la política se obstina en ignorar.

 El fútbol nos acaba de enseñar una lección que la política se obstina en ignorar: ningún imprescindible es inmortal, pero las instituciones y la pasión sobreviven a todos.

Durante casi dos décadas, el mundo del fútbol giró en torno a una figura gravitacional. Pensar el deporte sin Lionel Messi parecía un ejercicio de ciencia ficción. Sin embargo, el tiempo pasa, las etapas se cumplen y el juego continúa. El balón sigue rodando, los estadios se siguen llenando y una nueva camada de futbolistas salta a la cancha para asumir la posta. El fútbol post-Messi no murió; simplemente evolucionó.

En la política, en cambio, parecemos atrapados en un bucle interminable de personalismos. Mientras que en el deporte de alto rendimiento se entiende con naturalidad que el cuerpo tiene límites y que la renovación generacional es la única forma de mantener la competitividad, en la dirigencia política la jubilación parece un tabú y el traspaso del mando, una afrenta personal.

La política necesita aprender de la cancha

El problema no es la edad, sino la incapacidad de construir herencia. La política moderna exige con urgencia aplicar la lógica del recambio deportivo:

  • El rol del veterano no es tapar el arco, sino formar al juvenil: Los dirigentes con trayectoria no deben atornillarse a sus bancas ni perpetuarse en las listas; su verdadero valor radica en transformarse en mentores. Quien tiene experiencia debe guiar, transmitir criterio, enseñar a leer la coyuntura y evitar errores del pasado, no impedir que las nuevas generaciones pisen el césped.

  • El egosistema frena al sistema: El recambio generacional no fracasa por falta de cuadros jóvenes preparados, sino por el exceso de egos en la vieja guardia. La política se ha convertido en un escenario de vanidades donde muchos prefieren ver caer a su propia fuerza antes que ceder el protagonismo a una figura emergente.

  • La camiseta está por encima del nombre en la espalda: Así como los hinchas siguen alentando a su club sin importar qué estrella se retire, la ciudadanía busca proyectos colectivos, no mesías eternos. Cuando la política se reduce a la devoción por un solo líder, el proyecto se vuelve frágil y muere con la partida del caudillo.

Pasar la pelota a tiempo

Dirigir no es aferrarse al poder hasta el último minuto del tiempo reglamentario; dirigir es saber cuándo dar un paso al costado para que el equipo gane.

Los líderes con verdadera vocación de estado son aquellos que entienden que su mayor triunfo no es perpetuarse, sino dejar una camada capaz de superarlos. Quienes pretendan quedarse con la pelota para siempre terminarán jugando solos en una cancha vacía. Es hora de despejar los egos, abrir la concentración a los más jóvenes y entender que, al igual que en el fútbol, el juego político debe y va a continuar.






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